Dada la importancia que para el futuro de una sociedad tiene el
que ésta sea innovadora, no se entiende que desde hace tanto tiempo, no
solamente no hayamos mejorado nuestra posición en esta clasificación, sino que según
algunos rankings, ésta haya empeorado.
Los políticos, para eludir hablar de este escenario, siempre
tienen en la manga declaraciones, planes estratégicos, pactos nacionales, con
comisiones formadas por políticos, funcionarios, académicos, sindicalistas y algún
que otro directivo de patronales.
El objetivo que proponen alcanzar es la siempre soñada sociedad
del conocimiento, un concepto del que hablan desde hace años (décadas diría yo)
y en el que su métrica estrella es la inversión en I+D, cuyos pobres valores han
empeorado en los años de la crisis (en otros países de nuestro entorno han mejorado)
y que ahora prometen convencernos en un “déjà vu” que se van a conseguir
resultados que doblarán los que tenemos actualmente.
Esta quimera se basa en que las empresas aumentarán sustancialmente
su inversión en I+D respecto a su inversión actual. Un tejido empresarial que
no ha sido innovador nunca y que tampoco lo será ahora, por mucho que lo prometan
los políticos. Si lo que necesitamos es que innoven las empresas y las que hay
no lo hacen ni lo han hecho en el pasado, eso quiere decir que necesitamos otro
nuevo tejido empresarial mientras este dormita y languidece.
Afortunadamente, aparecen algunos brotes verdes en la sociedad. En
Barcelona y Madrid están surgiendo con fuerza iniciativas emprendedoras
lideradas por jóvenes con energía para lanzar sus propios proyectos. Estos
brotes son el futuro de las cosechas del mañana y para conseguirlo necesitamos superar
el concepto de la sociedad del conocimiento e ir hacia una sociedad del
emprendimiento. En ese cambio cultural es necesario que se implique no
solamente la Administración (eliminando barreras), sino toda la sociedad.
Voy a centrarme en uno de los resortes para esta sociedad del
emprendimiento como son las universidades (un mundo que conozco bien como
profesor de una de ellas durante más de 40 años). Desde hace unas décadas se ha
fomentado lo que podríamos llamar la primera ola de la implicación de la
universidad en el tejido empresarial. Esta primera ola se enfoca en la
transferencia de conocimiento de quien lo genera (los investigadores) a quien
lo necesita (las empresas). Esta estrategia se debe seguir fomentando a pesar
de que sus resultados han sido débiles porque esas empresas, que constituyen el
tejido empresarial no requieren, en general, el conocimiento que se desarrolla
en las universidades.
El foco se tiene que poner en lo que sería una segunda ola de implicación
de las universidades en la innovación. Esta consistiría en la sensibilizar a los estudiantes universitarios en que la opción de crear sus propias
empresas es una interesante alternativa a trabajar para terceros. En esta línea
está casi todo por hacer y muy pocos hablan de que esta segunda ola en la universidad
puede ser clave para la innovación en el país.