
Sin embargo, sobre ese ideal de organización social, en particular
en este país del sur de esa Europa en decadencia, aparecen nubarrones que amenazan
su existencia. La necesaria estabilidad acaba confundiéndose con la parálisis provocada
por el abrazo de ese oso cada vez más monstruoso que forman las estructuras
administrativas burocratizadas que la acosan. El resultado de este
anquilosamiento es una pérdida de dinamismo y competitividad cuyas
consecuencias son el descenso de los salarios a los infiernos de la pobreza,
incluso para los jóvenes mejor formados de nuestra historia y la pérdida paulatina
del bienestar social por falta de recursos para mantener los servicios básicos universales
que han sido su orgullo, como la educación, la sanidad y las pensiones.
Un elemento estrella de las sociedades del conocimiento son sus sistemas
de I+D, cuya relevancia es una condición necesaria, pero no suficiente, para
mantenerlas. Su complemento imprescindible es un tejido empresarial innovador capaz
de convertir los resultados de dicha I+D en un PIB tal que sostenga esas sociedades
del conocimiento y a la propia I+D.
Sin embargo, la innovación la hacen las empresas y aunque se pueda
favorecer desde la administración, el sector público no puede ni crearla, ni
mantenerla, como sí es posible hacerlo con un sistema de I+D. Por eso, en este
país donde los datos sobre innovación son tan deprimentes que todas las
regiones (excepto Euskadi) están en ese penúltimo nivel de los cuatro en que las
clasifica el Regional Innovation
Scoreboard de la Unión Europea, el diagnóstico está tan desafortunadamente claro
y el pronóstico, si seguimos así, también.
La Sociedad del Conocimiento es esa sociedad ideal que se mira en
el espejo y se encuentra atractiva buscando un nuevo saber que almacena de
forma estática, inerte y yerma y que refleja un tejido empresarial poco
innovador y envejecido. La Sociedad del Conocimiento no se puede mantener sin
un impulso que la movilice, que la dinamice, que la saque de su ensimismamiento
paralizante ante una globalización cuyas fronteras para los flujos financieros,
productivos o de conocimiento, son tan fácilmente permeables.
¿Qué puede hacer la Sociedad del Conocimiento para mantenerse? La propuesta
es una sociedad emprendedora: la Sociedad del Emprendimiento. Una sociedad
basada en el Élan vital bergsoniano
que implica reaccionar, movilizarse, arriesgar y no depositar las esperanzas en
soluciones procedentes de una Administración que no va a ser posible mantener.
Ese impulso vital ha de venir de un cambio cultural de la propia sociedad civil
que como dice Richard Florida se produce en hubs,
no en países, hubs como Barcelona o
Madrid que emergen con fuerza a pesar de las administraciones burocratizadoras que
entorpecen el desarrollo ágil de esas iniciativas emprendedoras tan necesarias
para nuestra supervivencia como Sociedad del Conocimiento.